sábado, 12 de abril de 2014

Repostería de Semana Santa en Víznar - Natillas, Arroz con Leche, Leche Frita o los Buñuelos




No podrían faltar, a pesar de lo  corriente que son en cualquier mesa, la sólo mención de las natillas, el arroz con leche, la leche frita o los buñuelos.


La popular elaboración de tales platos y los elementos que la componen, hacen casi innecesaria la ­secuencia pormenorizada del procedi­miento de los mismos.

Un buen plato - digamos mejor una fuente - de natillas no encierra secretos para nadie, al igual que el gusto de que sean más o menos espesas; cada cual le da su punto o tiene su preferencia. Pongámosle una sola condición a nuestra complaciente "cocinera", y es que, si no es mucho pedir, le monte las claras.

El arroz con leche exige un toque de distinción y aroma que lo pone la canela en rama y echar al cocerlo una cáscara de limón. Lo demás queda de nuestra parte.

Si el goloso osa poner a prueba su grado de glotonería, lo hará con la leche frita. Se prepara la masa con un litro de leche, cuatro o cinco huevos, de cuya cantidad depende el grado de consistencia de la misma al freírla y su resultado final, unas seis o siete cucharadas soperas de azúcar (aquí también ha de calibrarse el gusto personal) y harina la que admita.

Ha de quedar en reposo durante unas horas hasta enfriar y tomar cuerpo en un recipiente plano, formando una capa de unos dos centímetros de espesor.

Cortar en cuadrados de unos cuatro centímetros pasándo­los, antes de freírlos, por huevo y harina. Emborrizad con azúcar y canela. Se comen fríos, si te puedes esperar, claro.

Y si la cosa viene a pelo, que no falta ocasión, se preparan unos buñuelos. Quizá en casa de alguna "Resure" que obsequia a sus amigas, vecinas y mozuelas que a su casa acuden a felicitarla acompañadas de algunos mozos.
           
Una vez la masa bien zapateá se forma un aro entre las manos, un tanto deforme y rechoncho, que al freír se vuelve hinchón y destartalado.

Entre risas y carantoñas, aflora el gastarle una broma a alguno de ellos. Disimuladamente, se busca un trozo de hilo del que se atan las morcillas y se introduce entre la masa de uno de los buñuelos. Unas no pierden de vista al "preñado" mientras que lo fríen, y otras - y otros que conocen la trama - eligen a la presunta e inocente víctima de su burla.

Pasa la bandeja y... ¡ zas!, ahí lo llevas; que lo coges, que te lo llevas a la boca... el primer mordisco, la cara de extrañeza ante la resistencia que ofrece... y una carcajada unánime. Sin embargo, como la pieza no es única, el propio burlador cae en su misma trampa, tendida por otro de ellos.
                       
 -           El que ríe el último...


Autor: Salvador Ruiz Caballero

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